Cinco de enero del dosmildoce, año en el cual según los mayas se termina el mundo, si fuese así yo ya tengo todo completado.
Eran las diez y media de la mañana y de repente suena el timbre, y dicen publicidad y no abres, vuelven a llamar y dicen joder alba que habrás que somos nosotras, solo ellas podrían levantarse a las 9 para venir a verte a primera hora de tus dieciocho, las primeras que querían felicitarte a la cara, ver como estas después de la última noche de menor o la primera mañana de mayoría de edad. Abres la puerta y te las encuentras con su chándal para entrenar, sus botas despegadas de la suela o simplemente de sus caras de sueño, con un pequeño bizcochito y dos velitas, cantando como locas (como siempre) aquella canción de cumpleaños que tanta vergüenza da escuchar cuando te la cantan a ti.
Un desayuno rápido para que se vayan a entrenar, entre tanto risas, cigarros, recordatorios de que si les pegas pueden denunciarte y tu ir a la cárcel, solo a ellas se le ocurrirían todas esas locuras.
Luego a verlas entrenar y ver como piden cinco minutos para tirarse encima de ti y volver a felicitarte de que te tiren mil veces de las orejas y que te digan que te ven más vieja.
Por la tarde al moncayo, cervecitas, cubatas, chupitos… luego llegaron los lloros, otra vez se han vuelto a superar, han vuelto a hacer que esto sí que sea un cumpleaños
